domingo, 22 de abril de 2018

La hija del inventor, en Buenos Aires.

Viernes 27 de abril, 2018, 17. Av. Santa Fe 967 - CABA. 




















Presentación de La hija del inventor (Ed. Apóstrofe, 2017)

El escritor e investigador jujeño, Juan Páez, presentará su libro La hija del inventor. Su obra reúne entrevistas a escritores de distintos puntos del país, las que permiten acercar al público lector a la producción de los autores, conocer el modo en que comprenden la literatura y sus complejidades.

Estarán presentes:

María Negroni: autora prolifera y diversa. Ha publicado ensayos, novelas, libros de poesía y particulares obras textuales. La misma, ha sido la impulsora de la primera maestría de escritura creativa en Argentina. 

La escritora, editora y traductora argentina, Mori Ponsowi, quien ha publicado tanto poesía como novela y ha sido galardonada con el Premio Nacional de Iniciación, de la Secretaria de Cultura de la Nación y el Internacional de Novela "Letrasur". 

También contaremos con la presencia de Gigliola Zecchin, periodista cultural y escritora -a quien conocemos con el nombre "Canela"-. Creadora de numerosos ciclos radiales y televisivos, ha sido conductora, guionista, como asimismo, se ha dedicado al documentalismo y al trabajo editorial. 

El viernes 27 de mayo, 17 horas, en la Casa de Jujuy en Buenos Aires junto al licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Jujuy, a través de sus preguntas, ingresaremos al mundo de los textos, sus autores y procesos de creación. La presentación estará a cargo de la crítica e investigadora, Loreley El Jaber. Los esperamos. 

Prensa de la Casa de Jujuy 
en Buenos Aires.   

  


domingo, 3 de diciembre de 2017

La hija del inventor

Los viajes y las visitas*

Juan Páez

Una muchacha canta y la aldea despierta con su canto. La canción es Bonjour y la escena pertenece al film animado La bella y la bestia estrenada en 1991. Bella, la hija del inventor, atraviesa el pueblo con un libro en la mano, mientras los otros personajes murmuran al verla pasar.
Hace unos años, en un viaje de Río Gallegos a El Calafate, recordé la canción y la escena; desde entonces, no he dejado de pensar que la literatura es como la hija del inventor, hija de escritoras y escritores a cuyas espaldas se murmura.
En La descomposición del relato, Carlos Chernov sostiene: «Siempre me han gustado las entrevistas a escritores. Son buenas para aprender el oficio y satisfacer la curiosidad». El deseo, la curiosidad y la necesidad de algunos consejos articularon este libro que comencé a desear, sin saberlo, allá por el año 2012 cuando la organización de las IV Jornadas de Estudios Literarios y Lingüísticos de la Universidad Nacional de Jujuy me propuso entrevistar a Angélica Gorodischer a quien, el año anterior, había conocido en Córdoba.
Agradezco a cada escritora y escritor por las entrevistas, los diálogos, el intercambio; por el apoyo, la generosidad y la amistad que este libro también festeja.
Gracias a Teresa Andruetto, Pablo Baca, Silvia Barei, Diana Bellessi, Elena Bossi, Irene Chikiar Bauer, Raúl Dorra, Angélica Gorodischer, Mori Ponsowy, Tununa Mercado, María Negroni, Alberto Tasso, Orlando Van Bredam y a Gigliola Zecchin, y gracias a los profesores del curso de posgrado internacional Escritura: creatividad humana y comunicación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales  (FLACSO - Argentina) por los aportes y las enseñanzas.
  
Raúl Dorra**

La escritura tiene una dimensión sensible que no se puede ignorar


El hijo pródigo es uno de los cuentos que integra Aquí en este destierro, editado por la B. P. Constancio C.Vigil. En 1994, publicó Profeta sin honra donde propone una lectura de los cuatro evangelios. ¿Cómo surge ese interés por los textos bíblicos?

Raúl Dorra: Ese interés tiene dos causas: una intelectual y la otra más bien personal. Creo que para ubicarse un poco en la tradición de la cultura occidental es imprescindible tener una visión de, al menos, las dos mayores fuentes de las que se nutre: la tradición grecolatina y la judeocristiana. En cuanto a lo que señalé como una causa personal, pero que en realidad sobrepasa ampliamente mi persona, diré que es la necesidad de comprender la vida afectiva y el papel que esa tradición juega en nuestra cultura. En particular, el cristianismo es una exploración de la subjetividad, una promoción de la vida interior del sujeto, de cada hombre considerado como individuo. Seguramente ocurre porque el cristianismo está asentado sobre un sacudimiento emocional, una quiebra. Acaso su novedad más trascendente sea el hecho de que permite conocer la emoción desde la emoción misma. Eso –la dimensión emocional del sujeto- me ha interesado pensar y vivir con los ojos abiertos. Creo que Profeta sin honra lo muestra bien, al menos eso me propuse.

En el año 1981, salió a la luz La canción de Eleonora cuya reescritura se editó en 2002 con el sello Alción (Córdoba). ¿Cuáles fueron los motivos que lo llevaron a modificar la novela?

Raúl Dorra: Supongo que cuando se modifica una novela o cualquier otro libro escrito por el deseo de escribirlo, no debe haber otro motivo que la insatisfacción. Eso fue. La modificación fue cuantiosa. Ahora esa novela me parece mejor pero sigo insatisfecho. Y creo que para esto probablemente no haya cura. La novela seguirá reclamando que vuelva sobre ella.

En La casa y el caracol afirma: «el cuerpo expulsa la voz, la cual a su vez toca a otros cuerpos». Justamente La canción de Eleonora acaricia al lector con sus primeras palabras. ¿Qué lugar ocupa el cuerpo en sus escritos literarios?

Raúl Dorra: No sólo en mis escritos literarios sino en todos mis escritos el cuerpo está presente. La escritura tiene una dimensión sensible que no se puede ignorar. Está la voz que nos llega a través de las grafías, y las grafías mismas, su disposición en la página. Esa voz trae la presencia del sujeto de la enunciación, un modo de ver el mundo, un estilo, un modo de respirar. Todo escritor trabaja la escritura como una materia que debe cobrar su propia forma. Creo que el que no siente que las palabras tienen peso, densidad, cromatismo, no puede ser un escritor. Creo que un escritor empieza a serlo a partir de un tipo específico de sensibilidad, que es la sensibilidad verbal. El tono, el ritmo, la cadencia, la velocidad de las frases es primordial en el oficio del escritor, pues escribe con el oído, un oído táctil. Pero hay también un ritmo de la escritura conceptual o científica porque el pensamiento necesita ser modelado, tomar una forma. En esta modalidad de escritura no siempre la forma termina de cuajar porque el que escribe suele pensar que su tarea es sólo trasmitir información como si la escritura fuera transparente o neutral. No siente el llamado de la forma o lo siente de manera difusa. Pero la escritura, para serlo, para llegar a ser escritura, necesita de la forma y eso es siempre conflictivo. En suma; el cuerpo, lo sensible, está siempre ahí, buscando su lugar.

Luego de leer Hablar de literatura, Con el afán de la página, Sobre palabras, La casa y el caracol, entre otros, descubro una voz amable y un modo poético en su decir/escribir. ¿Cree que hay diferencias entre la escritura académica y la creación literaria?

Raúl Dorra: Esa es la cuestión. ¿Hay una escritura puramente sensible y otra puramente inteligible? ¿Existe una diferencia profunda, obligatoria, entre la literatura científica o académica y la literatura llamada de creación, digamos artística? Yo siempre he sentido que no y he apostado a mostrar que no. O tal vez debería decir que me vi obligado a hacer de la necesidad una virtud pues yo nunca puedo escribir un texto sin sentir que estoy tratando con una materia sensible. Tampoco puedo escribir un texto literario despojado de coherencia intelectual. Profundamente siento que lo sensible y lo inteligible necesitan reunirse y el resultado está en mis escritos con independencia del género. Creo que eso se ve con especial énfasis en La casa y el caracol, donde he tenido que sostener largamente, y con un máximo rigor, ese íntimo diálogo. El libro fue traducido al francés y demandó por ello a los traductores un esfuerzo especial en el que yo colaboré gustosamente.
Pero agrego que yo no soy el primero en reunir, o intentar reunir conscientemente, estos dos aspectos de la escritura. Tengo ilustres antecesores.

Comparto un fragmento de La tierra del profeta: «Comenzó a descender y siguió hasta que las voces de los hombres terminaron de alejarse. Cuando, un poco más tarde, a sus espaldas no quedaba sino el aire, sintió la necesidad de detener su cabalgadura y de cerrar los ojos para escuchar, ahora, el sonido de su propia respiración». ¿Cómo fue el proceso de escritura de esta novela?

Raúl Dorra: Es algo interesante. Para escribir Profeta sin honra tuve que estudiar mucho no sólo los textos evangélicos sino todo lo relacionado con el judaísmo en tiempo de Jesús, incluidas las formas de vida. Vi también imágenes que tratan de reconstruir el ambiente familiar. De modo que cuando terminé de escribir ese libro, encontré que había necesitado desechar todo un aspecto de la información que tenía. Sentí que debía hacer algo con ese material tan vivo. Yo me imaginaba ambientes, atmósferas, lugares, comidas, caminos, en fin, la vida social y espiritual de la gente. Imaginaba la comunicación oral. Es que los evangelios y muchos otros textos bíblicos dejan ver bastante bien ese mundo de oralidad; al menos en la traducción de Cipriano de Valera, que es la que se lee con más agrado. Así que fui dejándome seducir por la idea de escribir una novela con todo ese material. Me gustó mucho hacerlo. Bosquejar aquel mundo que yo imaginaba. Esa reconstrucción de la vida cotidiana, ese intento de reconstrucción no pasa de ser, claro, una fantasía construida literariamente; pero creo que también pude aprovechar aquella novela para proponer una hipótesis sobre los orígenes de aquel movimiento que tomó el nombre de cristianismo.


* Páez, Juan (2017) La hija del inventor (Prólogo) San Salvador de Jujuy: Apóstrofe ediciones. 
** Fragmento de la entrevista a Raúl Dorra. 

viernes, 17 de noviembre de 2017

Versace: primavera-verano / 2018

    
Ph: Alessandro Garofalo.



El pasado 22 de septiembre, en la ciudad de Milán, se presentó la nueva colección primavera-verano 2018 de Versace. Esta vez la marca decidió rendirle un tributo a su creador, Gianni Versace, al conmemorarse el vigésimo aniversario de su trágico asesinato en la puerta de su hogar, la Casa Casuarina, en Miami. Tras el asesinato del diseñador, Donatella, su hermana, asumió la dirección creativa de la marca y eligió, este año, el museo Triennale de Milán como escenario para la presentación de esta colección-homenaje.  
Con piezas clásicas como los vestidos y catsuits con estampados de la revista Vogue, la actual directora de la casa italiana volvió al luminoso pasado de Versace para tomar prendas clásicas de sus archivos y con ellas homenajear a su hermano con lo mejor de sus creaciones. En pasarela, pudieron observarse las reinterpretaciones que Donatella realizó de las blusas, las chaquetas cuadradas, las mini faldas y las camisetas, mostrando cómo la visión del diseñador se adapta a la sofisticada dinámica del siglo XXI.
Las botas negras de taco aguja bordadas con dorado, los vestidos y bolsos con los retratos de Marilyn Monroe y James Dean realizados por Andy Warhol, evocaron al artista que supo quebrar los estándares de la moda femenina y transformarse en un hito dentro de la industria de la moda.

Pasado & presente  
Ph: Alessandro Garofalo.

En el marco de la Milan Fashion Week, la propuesta recreó la atmósfera de los años esplendorosos de la firma. La sobriedad del museo, el trasfondo blanco del escenario y una pasarela despojada de ornamentos, resaltaron aún más las prendas que componen esta colección. Así, piezas icónicas como los pañuelos o los cinturones de estrellas enjoyados se lucieron sobre vestidos de estampados brillantes y barrocos.
Al compás de la banda sonora, las modelos de las nuevas generaciones como Kendall Jenner y Gigi Hadid atravesaron la pasarela con botas altas y vestidos negros, contrastando con los trajes de negocios de colores intensamente saturados que se combinaron con leggins elásticos, proponiendo una alternativa más moderna.
Sobre un fondo musical sobrio, la voz de Donatella evocaba a su hermano: las palabras sobrevolaron toda la escena. Casi como si fuera una oración o un rezo, su voz rememoró al hermano fallecido, celebrando su creatividad y los modos de transgresión que supo edificar.  
Finalmente, detrás de un telón, Naomi Campbell, Cindy Crawford, Helena Christensen, Carla Bruni y Claudia Schiffer hicieron su aparición vestidas con lamé dorado. Tomadas de la mano y con la cabeza en alto, las exmodelos esperaron a Donatella para caminar juntas por la pasarela mientras sonaba “Freedom” de George Michael, es decir, la misma canción que ambientó la presentación de la colección otoño-invierno de Versace en 1991.   
La presentación de esta colección quedará en los salones de la memoria porque mostró la vigencia del espíritu vital de Gianni Versace, el artista que supo ser el máximo exponente del mundo de la moda.


sábado, 11 de noviembre de 2017

El cielo de la Puna.



        Leo este verso en un poema de Juana Bignozzi: “mientras mis colegas escriben los grandes versos de la poesía argentina/ yo hiervo chauchas ballina”.
Hace unas semanas atrás, participé en unas jornadas de literatura que se hicieron en Abra Pampa. En la terminal de Jujuy, esa madrugada equivoco el destino y saco un pasaje para La Quiaca. El amanecer detrás de los cerros, la soledad del lugar y el cielo abierto, de algún modo, me disponen a la frontera. En la Puna, conmueve el paisaje que se despoja cada vez más y más. Una nueva herida se abre y anoto: “Llorar en la Puna es como limpiarse el alma. Por dentro, experimento una forma extraña para decir el despojo. Aquí, el paisaje inunda la habitación de la escritura; alejado de los ruidos y de las grandes voces, escucho con más claridad los poemas que llevo en el cuerpo.”  
Aunque debía bajarme en Abra Pampa, decido seguir hasta La Quiaca, tal vez, para poder caminar esa tarde por las calles de Bolivia. En el ómnibus, suenan canciones de Los Kjarkas: “Como mueven las caderas/ al ritmo negro/ se siente fuego en el sangre/ fuego en los morenos”. Las puertas de la imaginación se abren, pienso en el libro en el que estoy trabajando y apunto algunas notas bajo el título de Bolivia.
Antes de partir de la terminal de Abra Pampa, una mujer sube con su niño en brazos. El niño llora. Viajamos a la par. Tomo algunas hojitas de colores de mi agenda y se las regalo para que juegue. Me mira, estira sus pequeños dedos y toma las hojas que son para él. Pregunto su nombre, su mamá me dice que se llama Roberto y que tiene un añito. Está aprendiendo a caminar, agrega. La madre de Roberto inventa un juego con esos papeles cuadriculados: se esconde detrás de ellos y cuando él la descubre, sonríe y la abraza. Luego la madre hace unos abanicos con esas pequeñas hojas y me cuenta que regresan de Abra Pampa porque fueron a visitar al papá de Roberto que trabaja cuidando las ovejas de un campo.
Mientras el cielo se queda cada vez con menos nubes, escucho cómo Roberto ríe con su madre. Hoy lo descubrí en una foto y lo recordé mirándome. Quizás ahora estará jugando con su padre o aprendiendo a dar sus primeros pasitos de la mano de su mamá. Esbozo en mi cuaderno algunas ideas acerca de los límites: cuando uno deja de mirar su propio reflejo, encuentra todo el cielo en los ojos de un niño que mira con naturalidad la frontera. 


© Juan Páez. El viento (Abra Pampa, 2017)