una grafía incierta
donde cada lugar es un mundo
María Negroni
Giuseppe Ungaretti, Dámaso Alonso, Enrique
Molina, Paul Eluard, James Joyce, Henri Michaux, Nicolás Guillen, entre otros,
acompañan algunos de “los poemas del
jigante”, el libro de Álvaro Cormenzana, que obtuvo en 1977 el Premio
Ricardo Jaimes Freyre (Tucumán) y fue recomendado para su publicación al
Gobierno de la Provincia; ese año el jurado estuvo compuesto por Raúl Gustavo
Aguirre, Olga Orozco y Roberto Juarroz.
Comienzo la lectura de este poemario en un
viaje. De un punto de la ciudad a otro. Por momentos levanto la mirada y veo
por la ventanilla del transporte cómo las imágenes se suceden. Ocurre algo
semejante cuando leemos un poema, las palabras se suceden hasta que una nos
detiene y levantamos la mirada para ver por la ventanilla aquello que queda
atrás. Y degustamos por un instante esa palabra, ese verso, que detuvo nuestro
viaje, que es toda lectura.
Publicado por 3 Ramones Editores en 2011 y divido en: el origen y los cuerpos; el
agua y el espejo; las voces y los
nombres; y la música y el aire. El
poeta nos ofrece un libro cuyas palabras son in-tensas:
Nos ponemos luces en el cuerpo
y caminamos bajo el agua
Mario Romero
Es áspero tu cuerpo.
Ya las manos de mi
tacto
no son mías
y
te quedas
sintiendo mi caricia
en otro cuerpo.
No preguntes dónde
estamos.[1]
Un cuerpo que se despoja del “tacto” y luego de
“las manos”, pero al que aún pertenece la “caricia” “en otro cuerpo”, al que
también se abandona. Es curioso que la voz pida que no se pregunte, cuando es
lo que se está haciendo. Y es que la pregunta evidencia la partida, a la vez
que instaura ese aquí donde estos dos cuerpos se reúnen y esconden.
Con un manejo extraordinario de las
marcas enunciativas, este autor nos acerca su poesía con la que es posible
borrar los límites del propio cuerpo y lograr una continuidad, una común-unión:
Soy yo mismo
cuando
en ti
me pierdo.[2]
Todo extravío es, en realidad, un camino de
regreso. Para poder volver a ser “yo mismo”, es necesario perderme “en ti”.
Sólo de esa manera estará garantizado el retorno. La voz lírica nos
obliga a sostener el poema, involucrándonos discursivamente a través de esa
primera persona que dice -y
por lo tanto, todo lector también afirmará- “esa” necesidad de saberse perdido
para encontrarse. Es un doble movimiento.
Paul
Valéry comparó la prosa con la marcha y la poesía con la danza. La danza tensa
el cuerpo, lo vuelve figura. La poesía tensa el lenguaje. En un poema, las
palabras adquieren otro peso, adoptan otro cuerpo, un cuerpo vuelto figura.
Por su estilo, AC es considerado
“una de las voces más originales de su generación”. La lectura de sus poemas
nos atrapa en un viaje que regresa sobre las sombras de sus pasos porque “No
todo se olvidó / A pesar de la luz nueva.[3]”
Reseña publicada en Revista Digital Meta Arte N° 1 - Forward. Julio - 2012.




