sábado, 25 de abril de 2020

La mayora de todas



La mayora de todas

Te voy a contar la historia de cómo se conocieron mis padres en aquellas épocas. Resulta que mi papá le había conocido primero a la hermana de mi mamá, a la mayora de todas. Comenzaron a salir y se hicieron noviecitos. En aquella época, los padres no permitían a sus hijos salir por salir. Las hijas mujeres tenían que estar en la casa, no iban ni siquiera al baile solas. La única que sí salía de la casa era mi mamá porque ella iba al colegio. Creo que estaba cursando el séptimo grado. Su hermana le ocupaba a mi mamá para que le llevara la cartita a mi papá porque ella tenía que pasar por ese lugar donde mi papá paraba ¿Por cuál motivo? Porque mi papá venía a comprar algodón. Era chaqueño.

Mi papá compraba algodón en la parte de Yataí, o algo así se llamaba el pueblito donde ellos estaban. Aquí en Formosa, todos los colonos tenían que vender su algodón a Resistencia o a Corrientes, ya que solamente ahí existía la desmotadora donde se descargaban los algodones2 para que después pasen a hacerse los hilos. Acá no existía aún esa desmotadora, después se hizo una que ahora ya no existe. Entonces mi mamá le llevaba la cartita a mi papá. Entre cartita viene y cartita va, mi papá se enamoró de mi mamá. Y bueno, hablaron y mi mamá le dijo que primero quería terminar la primaria. Ese era el último año que ella cursaba. Mi papá no tenía problema porque él iba y venía siempre. Dos o tres veces al mes, él venía a comprar algodón de acá, de Formosa.

Antes era muy difícil que los padres dejaran salir sola a sus hijas mujeres, no es como ahora que las chicas dicen “Este es mi amigo” y lo llevan a la casa, antes no, antes esas cosas no existían. Acá no había amigo, no había nada. Más aún porque mi papá era noviecito de mi tía la mayora, entonces, era imposible que mi papá fuera a pedir la mano de mi mamá porque se le iba a armar una rosca a mi padre. En aquel momento ¿qué hizo mi papá? No encontró otra salida que robarle a mi mamá cuando terminó de cursar. Mi mamá fue a la fiesta de egresados, igual que ahora, le entregaron la libreta todas esas cosas y mi papá ya la estaba esperando con el camión cargado. 

¿Cómo le hizo pasar el control? Para él fue fácil, le metió entre las bolsa de los algodones. Le hizo acostarse ahí hasta que pasó el control. Y cuando pasó el control, le volvió a sacar. De esa manera le robó mi papá a mi mamá y le llevó al Chaco, en la casa de su hermana y ahí la tenía en una parte que se llama Bermejo, que es en la orilla del río Bermejo, hermoso lugar donde nació mi hermano y yo.

Mi tía por supuesto se enteró de eso y lo buscaba un montón. Lo buscó por tres años maso menos y nunca lo encontró. Ella nunca supo dónde estaban mi mamá y mi papá, ni dónde vivían, lo único que ella sabía era que era chaqueño. Lo buscó incansablemente pero nunca lo encontró. Un día llegó al oído de mí papá que mi tía volvió formar familia con una persona que es su marido y el papá de sus hijos. Fue el momento justo para traerlo a mi mamá y darle más tranquilidad a su padre. Ya tenía dos hijos y otro en camino. Ahí terminó el quebranto de los padres.

Informante: Olga Santucho, 56 años. B° Villa Lourdes, Formosa capital. Recopiló este relato: Alba Patricia Ayala.


El rapto de Perséfone
[Fragmento]

En aquellos tiempos, Deméter, la hermana de Zeus, era la diosa que se ocupaba de las cosechas, protegía el trigo y toda planta viviente. Cada año maduraba el trigo dorado a finales de verano y todo el mundo se sentía agradecido por la generosidad de la Tierra. Vivía con Perséfone, su única hija, en la montañosa Sicilia. De repente su vida pacífica y feliz cambió violentamente. Perséfone, su bella e inteligente hija, había salido a pasear un día y no volvió. Se hizo de noche y no había ninguna señal de la joven. Deméter estaba preocupadísima, todos se movilizaron buscándola, pero nada, ¡ni rastro! Para que la búsqueda no se detuviera, ni de noche ni de día, Deméter encendió antorchas usando el fuego del volcán Etna. Pero Perséfone seguía sin aparecer. Deméter, en su aflicción, olvidó la tierra y su vegetación. Se secaron las cosechas, las plantas y los árboles murieron, la tierra se convirtió en un erial.

El día de su desaparición, Perséfone había estado por los campos recogiendo flores. Andaba por ahí cerca un pastor con su rebaño. Él vio lo que había pasado, pero quién se atrevía a decírselo a Deméter ¡el disgusto que iba a tener! Aunque tal y como estaban las cosas, no quedaba más remedio que contárselo. Así que el pastor fue al encuentro de Deméter y le contó lo que había visto: “De pronto apareció un hombre conduciendo un carro de oro, tirado por dos caballos negros; agarró a la joven y se alejó tan deprisa como había venido, hasta desaparecer por una hendidura que se había abierto en la ladera de la montaña.”

El pastor no había visto el rostro del hombre pero Deméter adivinó de quién se trataba: era Hades, su hermano, el señor de los Infiernos, quién había hecho prisionera a su hija. Deméter se irritó mucho contra Hades, pero también contra Zeus, porque seguro que estaba al corriente y lo había consentido. Triste y enfadada, continuó sus viajes mientras la Tierra permanecía yerma.

© Juan Páez. Arte de tapa (Formosa, 2019)




















1 AAVV. (2019) "La mayora de todas". En: Nadie no entendía. Formosa: Ediciones Tupanoy. Pág. 13-16.  
2 La cosecha de algodón siempre formó parte de la tradición de los pequeños y medianos productores. Según el periódico La Nación, Formosa se ubicó en febrero del 2003 en tercer lugar entre las provincias con más producción algodonera.


sábado, 11 de abril de 2020

El abrazo primordial.


Estoy sentado frente a la notebook trabajando simultáneamente en varios artículos a la vez. Aunque es bastante nueva, por unos instantes, la computadora se tilda para luego reiniciarse y continuar. Por mi parte, aprovecho ese suspiro tecnológico para ir hasta la biblioteca. Busco algunos datos, los corroboro y recupero algunas anotaciones para seguir con la escritura. Pero al ubicarme nuevamente frente al monitor, decido hacer un alto para contarles sobre estos días en los que el aire pareciera ser insuficiente.

He perdido la cuenta de los días que llevo encerrado respetando la cuarentena que aquí, en Argentina, es obligatoria. Conforme el día se desplaza, intento algunas variaciones con la luz para evitar la sensación de encierro. Por las mañanas, trabajo con aquella que ingresa por el ventanal del departamento al que hace poco me mudé; luego con la que llega desde la cocina para, finalmente, por la noche, cerrar la jornada con la luz que proviene de una lámpara que se encuentra cerca de mi mesa-escritorio.

Llevo días sin vestirme como diariamente lo hago y, por lo general, paso el día en pijama y pantuflas. Antes de la mudanza, regalé mucha de la ropa que compré en la época en que estuve con Jorge. Se fueron las camisas y los trajes que requerían cuidado, los pantalones con los que podía salir a comer a un lugar de moda y los zapatos que, claro, eran lindos pero poco prácticos. Se marcharon también algunas valijas, los juegos de platos y los muebles de algarrobo. Es decir, no quedó nada de aquello que pudiera recordarme una vida cómoda y holgada de niño bien.

Suelo levantarme temprano y escribir mientras desayuno. En tiempos como estos en que la calle y el Otro constituyen un riesgo, trato de conservar cierta cotidianeidad. Así, por ejemplo, evito dormir en horarios en que habitualmente no lo hago. Para esos momentos busco alguna tarea específica: reviso las actividades que realizan los estudiantes del instituto donde doy clases, armo fichas con materiales disponibles en la web, cierro notas periodísticas, ordeno la computadora, hablo con mis amigos, o bien, avanzo con proyectos escriturarios. 

Hoy sin ir más lejos, antes de iniciar con mis labores, revisé algunas fotografías para un libro nuevo que -esperemos- este año se publique. Y sí, como suele suceder, una foto me llevó a otra y a otra. Ese desplazamiento de imágenes, debo confesar, me aturdió bastante. Los congresos, las reuniones de trabajo y las presentaciones de mis libros, me permitieron viajar por toda la Argentina. En su presentación en la Universidad de Jujuy, la poeta Diana Bellessi me dijo que “moverse todo el tiempo es como quedarse quieto”. Al recordar sus palabras, no pude evitar preguntarme ¿Estar afuera todo el tiempo es una forma de encierro?

Tras la muerte de Jorge, mi novio, tuve que recuperar una carrera que había dejado entre paréntesis. En este sentido, comenzar “desde cero” constituyó un verdadero aprendizaje porque me permitió descubrir que no todos estamos dispuestos a presionar el botón de reinicio. Desde su muerte, no dejé de trabajar ni un solo segundo, es decir, viví afuera, para el afuera y a las corridas.

Es cierto, el afuera pareciera encerrarnos en las obligaciones cotidianas, en las expectativas ajenas y, por supuesto, en el vicio de confundir los logros personales con diferentes formas de autoexplotación. En estos días de encierro, pude recuperar el tiempo que desde hace años no pasaba conmigo mismo. Pronto volveremos a la libertad que elegimos y podremos abrazarnos con quienes queremos y a quienes nos rodean. Porque para entonces habremos aprendido el valor que tiene ese abrazo primordial: ese que nos damos a nosotros mismos para decirnos que todo va a estar bien.

© Juan Páez. Atardecer en Barú. (Isla Barú, 2020)


lunes, 26 de agosto de 2019

Entrevista a Victoria Ceriani




Un jardín hecho con poemas

El libro Bordando anaqueles (El ojo de mármol, 2017) de Victoria Ceriani propone un retorno al pasado, articulando paisajes y voces que vienen desde la memoria. En este libro, la voz recorre diversos escenarios donde la naturaleza es una constante. Se trata de una cartografía geográfica y vital que le permite al sujeto desplazarse por los senderos del recuerdo.

La voz poética evoca su paso por lugares tales como Río de Janeiro, Formosa y Misiones. Estos desplazamientos revelan cómo, en realidad, todo un viaje constituye un camino interior:

Garganta del diablo

¿Te acordás cuando fuimos
a Misiones,
esa tierra
colorada e inmensa,
Mamá y vos en la
Garganta del diablo,
Mamá y vos
refrescándose la cara?

Torrentes de agua,
que nos transformaban
a todas
las mujeres de la familia,
en guerreras,
para siempre.    

El yo recuerda imágenes y personas: “esa tierra/ inmensa y colorada” donde “Mamá y vos” se refrescan la cara. La presencia de un interlocutor específico le brinda al poema la fuerza del pasado vuelto presente. Esa potencia se intensifica con la verdad que el poema descubre: la fuerza del agua, el impulso de esos “Torrentes” “transforman” “a todas/ las mujeres de la familia/ en guerreras/ para siempre”.

El agua, que fluye y bautiza, es una constante en el libro. Su imagen riega los poemas de este jardín poético. Plantas, paisajes y voces reconstruyen a la voz a través de la escritura. Entonces, el sentido del poema, esa savia que lo atraviesa, se parece al río:

Descubrir el tiempo del río

No quiero
perder esta idea.

El norte abriéndose
como un paraíso
ante mi andar
húmedo
y entumecido.

El cálido pasar
de la gente
riendo y festejando
la cercanía del río.

Olor a nube
aliento a frutas

El río
puede ser
un lugar.

El tiempo fluye como el agua y el sentido mientras que la escritura conserva el deseo: “No quiero/ perder esta idea”, expresa el yo poético. Al igual que el poema anterior, la geografía y el sujeto se convierten en un cuerpo, en el cuerpo mismo del poema. El norte se abre al andar de la mirada que recupera imágenes que apelan a los sentidos “Olor a nube/ aliento a frutas”. Por lo tanto, si el sentido fluye, el poema -al igual que el río- “puede ser un lugar”.    

Entrevista a Victoria Ceriani

¿Cómo surge la propuesta del libro? ¿Cómo fue el proceso de escritura?

En el 2017 decidí, con el impulso de varios amigues escritores, a darle forma a mi primer libro de poesía. Yo venía escribiendo poesía de manera sistemática desde el 2007. Primero realicé un taller literario en el barrio de Paternal, luego, en el 2012, comencé a asistir al taller de Osvaldo Bossi. A partir de ese momento comencé a configurar y construir una voz propia. Durante esos seis años (del 2012 al 2017) fui armando -sin saberlo siquiera- un corpus de lo que serían mis primeros poemas. Editar un libro es una hermosa experiencia y, especialmente, si ese libro es de poesía, porque te permite habilitarte y mostrarte de otra manera frente a una misma y frente al mundo.

El proceso fue arduo y de mucha tolerancia a la frustración. En 2017 comencé a corregir este corpus de poemas iniciales. Realicé una clínica de escritura con Valeria De Vito. Este espacio me ayudó muchísimo a pulir y a trabajar aquellos poemas que en un principio eran más largos. Y lo que es muy importante, a darle un orden y coherencia interna al libro. Contribuyó a que pudiera ver mi primer poemario como una unidad, con una lógica interna. Significó mucho trabajo de escritura, lectura y corrección, lo cual es agotador, pero fue muy gratificante ver el libro terminado.

Ni hablar la emoción que sentí cuando lo vi impreso. Para mí, fue como un doble nacimiento, o un “volver a nacer”. También sentí que parí por primera vez. Podría decir que en el acto de editar mi primer libro “parí, y me parí a mí misma como escritora/poeta”.

En el libro encontramos la presencia constante del río, de hecho comienza con un epígrafe de Juan L. Ortíz. ¿A qué se debe esa suerte de fascinación que el agua despierta en tus escritos?

Hay dos aspectos: por un lado la poesía de Juan L Ortiz fue siempre para mí una referencia muy importante. Desde chica leía sus poemas y me fascinaban. Por otro lado, mi lugar de origen es la provincia de Buenos Aires, con su paisaje de llanura, de pampa húmeda, sus arroyos y ríos. Soy de una ciudad muy pequeña llamada Carmen de Areco. Allí nací y viví toda mi infancia y adolescencia. Era una ciudad construida por los españoles (previa matanza de pueblos originarios) en base a un fortín colonial, el Fortín de Areco, que si bien contaba con un río y un balneario, el río no era un lugar muy transitado por nosotros, los lugareños. La ciudad quedaba muy lejos del río.

A los 18 años me vine a Buenos Aires a estudiar a la universidad y me quedé viviendo aquí. Con el tiempo, descubrí que también vivía en una ciudad que le daba la espalda al río (nuestro tan querido Río de La Plata). Cuando empecé a viajar y a conectarme con el río en otros lugares como Misiones, Formosa, Entre Ríos, Córdoba, Santa Fé, el Norte y el Sur de Argentina, incluso el delta del Tigre o Vicente López, empecé a valorar la importancia de estar cerca del río. Contemplar, quedarse un rato mirando el agua que fluye, permanecer en la quietud, observar. Cuando uno se queda contemplando por un largo rato el río, algo sucede internamente, se encuentra la calma. Empezar a conectarme más con el río tuvo que ver con esta necesidad interna de buscar tranquilidad en un ritmo de ciudad capital muy acelerado. Buscar el ritmo de pueblo dentro de la ciudad.

Al revés, cuando era chica, si bien vivía en un pueblo muy tranquilo, al interior mío había un volcán permanente, un fuego refulgente. Pasé por situaciones de mucha violencia familiar que no me permitían estar en condiciones ideales de tranquilidad interna. Entonces comencé a escribir, alrededor de los 10 años y a buscar la calma dentro de mí. Era la única manera de salvarme de la violencia y la oscuridad que sentía a diario. La escritura es una forma de fluir.

La escritura me salvó la vida. Sobre todo me ayudó a atravesar momentos de mucha soledad y a iluminar zonas oscuras de mi vida. De la misma manera la música y la literatura. Asimismo, estas manifestaciones artísticas fueron un antídoto a la monotonía de un pueblo en donde nada pasaba. Para una persona que está creciendo y conformando su identidad, el tránsito por los mismos lugares, las mismas personas, siempre el mismo cielo y ese pueblo quieto pueden ser muy aburridos, sin embargo, es esa misma monotonía, ese “pareciera que nada pasa”, esos días iguales y, sobre todo, el silencio, fueron los factores que me impulsaron a la hora de escribir.

En Bordando anaqueles (El ojo de mármol, 2017), encontramos mujeres guerreras que nacen para siempre, ¿cómo se construye la imagen de la mujer en tu poesía?

Creo que mis poemas son una especie de conjuro contra la violencia de género, que viene del patriarcado y tiene que ver con la poca valoración hacia la mujer como sujeto de deseo, con un cuerpo y una voz propia (al menos en mi experiencia). Las mujeres de mi casa éramos acalladas, inhibidas en nuestra expresión e invisibilizadas. De la misma manera éramos inhibidas en la sexualidad, “estábamos para armar pareja y estar al lado de un hombre toda la vida”, “para ser madres y buenas mujeres”. La educación en el pueblo donde crecí y en mi familia, era muy conservadora y tenía mucha influencia de la Iglesia Católica. Leer y escribir en ese contexto significó romper estas cadenas y mandatos familiares sobre lo que debía o no debía hacer una mujer. Escribir, entonces, significó para mí encontrarme conmigo misma, transformarme y empoderarme como mujer.

Por otro lado, el contacto permanente con la naturaleza: el aire de llanura, el sol, el viento, el horizonte, el río, son los elementos que rescato como positivos del hecho de crecer en un pueblo, y son los ingredientes que aparecen constantemente en mis poemas y que a la vez, permiten la transformación de esta “niña” en “mujer poeta/escritora”. También mi propia auto transformación se extiende a todas las generaciones de mujeres cercanas: madre, hermana, tía. Y se da gracias al encuentro con otras mujeres que en mi vida contribuyeron a mi empoderamiento y a la búsqueda de nuevos rumbos.

Sos psicóloga, fuiste becaria de CONICET y actualmente dictás talleres de escritura, ¿cómo se da el vínculo entre tu profesión y la escritura? ¿Qué suma, qué resta?

La escritura siempre fue una constante en mi vida. Y se dio en paralelo al transcurso de mi vida universitaria. Durante los años que realicé mi carrera (primero tres años de Medicina, luego seis años de Psicología), nunca dejé de escribir. Cuando decidí cambiarme de carrera, tomé la decisión de que quería escribir, que era de las cosas que más me gustaban en la vida. Estaba entre estudiar Letras o estudiar Psicología en la Universidad de Buenos Aires, pero varias personas me dijeron que comenzar la carrera de Letras no significaba escribir más ni era un pasaje para recibirme de escritora, sino que estaba orientada más al análisis literario. Así que decidí que seguiría la escritura por la vía de talleres literarios.

La vida universitaria, de mucha lectura y escritura académica fue muy favorable para encontrar, en paralelo, un ritmo de escritura literaria. Me daba cuenta que cuando más tenía que estudiar y leer, había una fuerza interior que también me llevaba a escribir de forma creativa. Como una suerte de revelación de la palabra, de romper con las formas clásicas de escritura académica. La beca doctoral de CONICET propicio un modo autónomo de trabajo que me permitió tener espacio y tiempo libre para la escritura. Durante esos cinco años (del 2014 al 2018), viajé mucho y, a la vez, pasaba mucho tiempo en mi casa, leyendo y escribiendo. Fueron los años donde escribí la mayor parte de los poemas de mi primer libro.

En la actualidad, encontré un espacio donde dicto talleres de escritura para personas que transitan una Institución Médico-Psicoanalítica (LIAISON, Olivos). De alguna manera confluyen en esta actividad dos de mis grandes pasiones: la escritura literaria y el acompañamiento a personas desde un punto de vista psicológico y comunitario. En este trabajo encuentro un vínculo muy positivo entre mi profesión de Psicóloga y la escritura.

Casas, patios, jardines y ciudades: muchos de estos espacios están en diálogo con los recuerdos de infancia ¿Qué vínculos surgen entre infancia y poesía?

Hay elementos y personas de mi infancia que fueron vitales para impulsar la escritura. Entre ellos, el jardín y el patio de la casa de mi infancia donde observo y rescato elementos de la naturaleza: plantas como jazmines, enredaderas, Santa Rita, los malvones rojos, el pasto recién cortado, el álamo, las hojas que caían de los árboles. Todo ello constituye, junto con el agua y el río, los fenómenos que transforman a las mujeres en guerreras.

El vínculo con mi abuelo Antonio. Un abuelo que fue madre y un gran maestro en la vida para mí. Desde pequeña nos cuidaba a mí y a mi hermana. Nos ayudaba mucho en mi casa, hacía los mandados, lustraba nuestros zapatos, arreglaba nuestras cosas cuando se  rompían, cocinaba. Era una persona con mucha calma interior. Había nacido en el campo y trabajaba desde pequeño, por lo cual no pudo terminar la escuela secundaria. En su casa también tuve el encuentro con una de mis primeras bibliotecas donde leía libros enteros y también experimentaba un profundo vínculo con la naturaleza, ya que había un gran jardín en el fondo de su casa, con una quinta y un gallinero.

Irene era una amiga de mi madre y fue otro vínculo fundamental para la escritura del libro. Una especie de tía/ hada-madrina de quienes aprendimos muchísimo, sobre todo, diferentes formas de vida y de relacionarse. Nos cuidaba y jugaba con nosotras cuando venía a casa a visitar a mi mamá. También realizamos muchos viajes con ella y mi familia. Irene me regalaba libros. De ahí la conexión de los viajes y la literatura ya desde mi infancia.

Antonio e Irene marcan entonces mi vínculo con los libros, los viajes y la naturaleza. Y son los modelos que tomo para las relaciones sanas en mi vida. Ellos dejaron, sin dudas, una marca y una referencia en sus miradas, sus voces, sus características personales que observo siempre en mis actuales y nuevas relaciones.

Victoria Ceriani (Buenos Aires, 1984) es Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional de Buenos Aires donde actualmente se desempeña como docente. Fue becaria de CONICET y desarrolló tareas de investigación para la Universidad de la Cuenca del Plata. Desde el 2006 viene realizando talleres literarios. Participó de la antología El Rayo Verde (Viajero Insonme, 2014). Bordando anaqueles (El ojo del marmol, 2017) es su primer libro de poemas.  


© Juan Páez. texere (Formosa, 2019)

sábado, 1 de junio de 2019

La mujer detrás de la estrella

Un retrato fílmico de Ada Falcón

El documental Yo no sé qué me han hecho tus ojos (2013), dirigido por Sergio Wolf y Lorena Muñoz, retrata la vida de Ada Falcón, la famosa tanguera de los años treinta quien, tras su retiro inesperado de los escenarios, se recluye en un monasterio en Salsipuedes, un pequeño pueblo de Córdoba. Este film propone un ejercicio para la memoria, a la vez que articula un mosaico hecho de recuerdos, un rompecabezas de piezas que solo pueden encontrarse en el pasado. Y es que la película reconstruye con fotografías, escenas de otras producciones, noticias periodísticas y versiones de quienes la conocieron, un relato biográfico de la diva del tango.

Encontrar en el pasado las piezas correctas constituye el punto clave del film. Esto puede observarse, por ejemplo, en el derrotero que Wolf atraviesa cuando intenta dar con El festín de los caranchos (1919), la primera película en la que Ada Falcón actúa con tan solo catorce años. Asimismo, el pasado aparece evocado desde el nombre mismo de la cinta, puesto que este, en realidad, es el título de un vals creado por Francisco Canaro y que, según se cuenta, estuvo inspirado en los ojos verdes de la cantante.

La película logra efectividad porque articular tres ejes: en primer lugar, la reconstrucción de la figura de Falcón a través de las voces de quienes mantuvieron contacto con ella; en segundo lugar, al narrar la travesía que lleva adelante Wolf desplazándose de Buenos Aires a Córdoba para encontrar a la artista y, finalmente, la entrevista que Ada Falcón le brinda. En suma, el trabajo de Wolf-Muñoz resulta conmovedor porque se nutre de voces, de detalles y de los vestigios de una época pasada. Esta puesta en diálogo les permite a los directores mostrar la humanidad y la espiritualidad de la mujer que siempre estuvo detrás de la estrella.


© www.revistamatices.com.ar