Mezclar prendas con palabras
Escribí este texto en el marco del curso "El cuerpo es el mensaje" que brindó Victoria Lescano durante el mes de abril - 2020. Agradezco sus lecturas y generosidad.
Cuando era chico realizaba patín carrera y una de
mis compañeras sabía desfilar en los eventos de moda que se realizaban en
Jujuy. Una vez me presenté a un casting porque buscaban chicos de mi edad. En
aquel entonces tenía 17 o 18 años. En mi breve incursión por el mundo de la
moda, desfilé con modelos como Daniela Cardone, Dolores Trull, Dionisio Heiderscheid,
Dolores Moreno, Catalina Rautenberg y Natalia Graciano. Sí. Eran los primeros
años del 2000 y estaba en boga un fenómeno al que me gusta llamar la “Era Runway”.
En otras palabras, en mi caso, la moda vino de la
mano del cuerpo. En ese ambiente y por aquellos años, conocí a Elías, un
fotógrafo con el que mantuve un affaire. Fue él quien me enseñó a posar, esto es, a sostener el cuerpo frente a la mirada
ajena. Luego ingresé a la carrera de Letras y terminé por alejarme de ese
mundo.
Con el tiempo, la experiencia se trasformó en
aprendizaje porque la memoria del cuerpo, sin dudas, hizo lo suyo. Y me solté
el cabello para salir a desfilar por las pasarelas de la vida: aprendí a
aceptar los cambios como quien se quita de prisa la ropa entre una pasada y
otra, también a dosificar el aire y, por supuesto, aprendí a mezclar prendas
con palabras.
Para mí, la moda es algo cíclico: termina a la vez
que empieza. Y ese ciclo, visto desde adentro o desde abajo, me recuerda mucho a los
procesos que vivo cuando trabajo en un libro. Siento que se termina cuando, en
realidad, recién estoy empezando. Tal como sucede en las pruebas de vestuario, soy de los que prefiere que los escritos muestren ese backstage, esa cocina de la escritura. Me entusiasma aquello que
realmente es diferente y distinto, como me sucedía, por ejemplo, con las prendas
Kosiuko de los años ´90: camisetas con dragones, jeans gastados o coloridas
camperas, entre otras prendas que hacían de la calle un escenario multicolor.
Después la marca perdió ese registro y dejé de consumirla. Eso mismo me pasa con los
escritores y las escritoras y, claro, con sus escritos.
De la moda internacional, adoro a Alexander
MacQueen. Conocí su nombre y trabajo a través de una charla que mantuve con la escritora María
Negroni en el Centro Cultural España de la ciudad de Córdoba. Hace unos días,
en la web, encontré una serie de fotografías del diseñador en su estudio. Hay
dos que particularmente llamaron mi atención: en una se lo ve en un primer
plano, apoyado sobre su escritorio, y en la pared se observa un muestrario de
sus diseños; en la segunda, se lo puede observar ajustando un vestido.
Ambas imágenes me hicieron pensar en el proceso que implica la confección de un
poemario; es decir, la disposición aislada de los textos, que una vez reunidos,
se ajustan para que la silueta del libro, la silueta de ese cuerpo hecho con
palabras, salga a la vida.
© Estudio Belgrano. Laboratorio (Jujuy, 2003) |
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